Trayendo a Dios nuestras preguntas cuando no sabemos qué preguntar

Escrito por Katie Faris

Tomé el teléfono, llamé a mi esposo y le pedí que dejara el trabajo y volviera a casa inmediatamente. Scott se encontró conmigo en el frente de la casa donde le expresé, entre lágrimas, la actualización del pediatra que tres de nuestros hijos habían dado positivo a la deficiencia de alfa-1 antitripsina, una condición genética seria que impacta el hígado y los pulmones.

El dolor inundó nuestros corazones ese día, trayendo consigo una multitud de preguntas e interrogantes como secuelas. ¿Qué significa esto para nuestros hijos, nuestra familia? ¿Cómo consideramos y planeamos el futuro? ¿Dónde está Dios en medio de todo esto? ¿Cómo oramos?

No sabíamos qué decir, qué pedir. Pero como cristianos, conocíamos la invitación a traer todo a Dios en oración (Flp. 4:6). Acurrucados juntos, con los ojos cerrados, entre sollozos, eso fue lo que hicimos.

¿Las preguntas (dichas o no dichas) viajan con tu dolor y sufrimiento? Quizás estás en medio de un desafío ahora mismo que te deja confundida, haciendo preguntas que no tienen respuestas fáciles. O quizás, estás tan confundida por una situación que no estás segura qué pensar, mucho menos qué pedirle a Dios o cómo orar.

Las circunstancias desconcertantes frecuentemente nos dejan sin palabras en cuanto a la oración. ¿Está Dios escuchando? ¿Le importa? Cuando la situación frente a nosotros parece enredada y complicada, ¿cómo podemos aún comenzar a armar una oración?

Cuándo siento mis piernas débiles y siento como si hubiera recibido un golpe6, la única cosa que sé hacer es orar.

Cuando estoy desconcertada y abrumada, el único completamente confiable es Jesús. Cuando las circunstancias dan vueltas y no hay nada que yo pueda hacer para detenerlas, el único que puede cambiar lo que está ocurriendo en mí y alrededor de mí es el Señor. Cuándo siento mis piernas débiles y siento que he recibido un golpe bajo, la única cosa que sé hacer es orar.

Las buenas nuevas son que cuando te sientes de esta misma manera, puedes también correr a Dios. Puedes traer tus preguntas cuando ni siquiera sabes qué preguntar, segura que Él escucha y cuida de ti.

La libertad de la oración

Todavía recuerdo dónde estaba cuando, siendo niña, me di cuenta por primera vez que la oración, en esencia, es simplemente hablar con Dios. Con mi cinturón de seguridad puesto en el asiento trasero de un carro que se conducía por Church Street, no muy lejos de la casa donde yo crecí, Dotty, la amiga de mi mamá, me explicó que yo podía orar en cualquier momento y en cualquier lugar. Como si estuviera saboreando un nuevo dulce, pensé un ratito en esta idea de que ni siquiera tenía que cerrar mis ojos o hablar en voz alta. Podía tan solo poner mis pensamientos delante del Señor y Él los oiría. Fue maravilloso.

En un intento de pronunciar oraciones teológicamente correctas, muchas veces pierdo este asombro infantil en mi vida devocional diaria. Pero cuando hay un nuevo diagnóstico, estrés en el trabajo, un hijo en aprietos, fricción en el matrimonio o soledad que se nos mete como intrusa, lo último que tú o yo necesitamos sentir es la presión adicional de descifrar las así llamadas palabras correctas. En lugar de esto, es de mucha ayuda recordar la libertad que tú y yo disfrutamos cuando hablamos de la oración.

  1. No tenemos que usar muchas palabras.

En ningún lugar de la Biblia dice que tenemos que usar un montón de palabras cuando oramos. En realidad, Jesús enseñó lo opuesto. Él dijo que se supone que no debemos usar «repeticiones sin sentido» pensando que seremos oídos por nuestra «palabrería». ¿Por qué no? Porque nuestro Padre sabe lo que necesitamos antes que lo pidamos (Mateo 6:7-8).

  1. No tenemos ni siquiera que usar palabras.

El uso de palabras es normal en una conversación, pero no es requerida en nuestros momentos más difíciles. Algunas veces nuestras circunstancias o emociones son tan intensas que ni siquiera tenemos palabras. No podemos procesar lo que pensamos o sentimos, y mucho menos traducirlos en oraciones. En esos momentos, «el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. No sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Ro. 8:26).

  1. Podemos orar por todo.

De hecho, se supone que lo hagamos. Pablo escribe: «…en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios» (Filipenses 4:6; énfasis añadido). Ningún tema es tabú y ninguna pregunta está prohibida en lo que se refiere a hablar a nuestro Padre celestial. Ningún pecado es demasiado grave para ser confesado, ninguna dificultad es una carga demasiado pesada para Él y ninguna situación es demasiado imposible para Su consejo.

  1. Podemos orar en todo lugar.

Si David pudo invocar a Dios «desde los confines de la tierra» cuando su corazón desmayaba (Salmo 61:2), con mucha seguridad podemos clamar desde nuestros hogares, camas de hospital, lugares de trabajo e iglesias, centros de la ciudad y miradores de las montañas. Si Nehemías pudo orar (en silencio, asumo) en la presencia del rey Artajerjes (Nehemías 2:4), entonces con toda seguridad nosotras podemos orar en una oficina o aula, justo en medio de una conversación difícil con un compañero de trabajo o familiar.

  1. Podemos orar en todo momento.

La oración debe ser tan habitual como respirar. Pablo lo pone de esta manera: «Oren sin cesar» (1 Tes. 5:17). Inhalamos y exhalamos. Nos acordamos de Dios, hablamos con Él. Cuando la vida va sin contratiempos o cuando se convulsiona, en todo momento, hay una comunicación abierta con nuestro Padre celestial.

  1. Podemos orar honestamente.

No tenemos que filtrar o editar cada oración. En lugar de esto, en una postura de humildad, la Escritura nos invita a derramar nuestros corazones delante de Dios porque Él es nuestro refugio (Sal. 62:8; ver también Lam. 2:19). En nuestras pruebas podemos estar tentadas a adormecer nuestro dolor con otras cosas, pero cuando nos volvemos a Dios y le decimos todo a Él, podemos encontrar un refugio seguro.

  1. Podemos orar lo mismo, repetidamente.

¿Recuerdas la parábola que Jesús contó acerca de la viuda persistente? Ella seguía regresando al mismo juez pidiendo justicia. Aun cuando el juez no temía a Dios o respetara a los hombres, se cansó de la persistencia y cedió. Como la viuda, también nosotras debemos orar en todo tiempo y no desfallecer (Lc. 18:1). ¿Cuánto más nuestro Padre celestial actuará en respuesta a nuestras peticiones?

Acércate

Es solamente por la muerte de Jesús y Su resurrección que podemos disfrutar de la libertad de acercarnos a nuestro Padre celestial en oración. En Jesús, tenemos un Sumo Sacerdote que es capaz de compadecerse de nuestras flaquezas (Heb. 4:15). Su experiencia con el sufrimiento y tentación lo pone en una posición para ayudarnos cuando somos probadas en nuestro sufrimiento. Es por ello que podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna (Heb. 4:16).

A través de Jesús podemos acercarnos al trono celestial de Dios sin temor. Podemos disfrutar de una relación personal con Él y podemos traer en oración todas nuestras peticiones y preocupaciones delante de Él.

En cualquier momento y lugar. Acércate.

¿Estás llena de preguntas? No hay problema. Acércate.

¿Agotada, afligida, desconcertada, sola, herida? Acércate.

¿Qué estás esperando? Acércate.

La tarde en la que fuimos informados de los diagnósticos de nuestros hijos, Scott y yo trajimos nuestra confusión y temor, ansiedad y dolor, y todas nuestras preguntas (aún las que no podíamos formular) ante nuestro Padre celestial. Confesamos nuestra impotencia y debilidad, nuestra completa dependencia de Él. Echando nuestras necesidades en Él, creyendo que Él tenía cuidado (1 Pd. 5:7). Fue una oración sin guion en medio de nuestro caos. Pero mientras derramábamos nuestros corazones, exponiéndolos delante del Señor, el Espíritu Santo nos guio en oración a pedir que la voluntad de Dios fuera hecha y que Él obrara para Su gloria y para nuestro bien en nuestro dolor.

Desde ese día, algunos días han traído más preguntas que respuestas. Pero una y otra vez Dios nos invita a acercarnos. Las pruebas y tentaciones que tenemos nos invitan a acercarnos con confianza a nuestro Salvador que se compadece para escucharnos y ayudarnos, para que recibamos misericordia y gracia (Heb. 4:16). Cuando lo hacemos, encontramos que la gracia de Dios es suficiente para nosotras y que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Cor. 12:9). Aprendemos que Él será suficiente.

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