Con frecuencia pasamos por alto las palabras de Cristo al ladrón moribundo en la cruz como si no fueran más que un breve relevo para apartarnos de la conmoción del acto principal: un rápido suspiro antes de volver nuestra atención a los agonizantes últimos minutos de la vida de nuestro Salvador.
Sin embargo, la declaración de Jesús al ladrón es mucho más que eso. Quédate conmigo unos momentos.
«Uno de los malhechores que estaban colgados allí le lanzaba insultos, diciendo: “¿No eres Tú el Cristo? ¡Sálvate a Ti mismo y a nosotros!”.Pero el otro le contestó, y reprendiéndolo, dijo: “¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena? Nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero este nada malo ha hecho”.Y añadió: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en Tu reino”. Entonces Jesús le dijo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”». -Lucas 23:39-43
Estas palabras pronunciadas por nuestro Salvador moribundo destilan la bondad de Dios y Su corazón hacia la salvación. A través de estas palabras, la vida del ladrón moribundo cambió instantáneamente al recibir gracia, esperanza y seguridad eterna. Pero las palabras de Jesús no solo cambiaron la vida del ladrón en la cruz hace más de dos mil años, sino que siguen cambiando nuestras vidas hoy.
Solo por la gracia por medio de la fe
No sabemos mucho sobre el ladrón en la cruz, aparte del hecho de que era exactamente eso: un criminal crucificado junto a Jesús. Los otros Evangelios no nos dicen nada más que el hecho de que este ladrón, antes de su encuentro con Cristo, participó burlándose de Jesús junto con su compañero criminal (Mt. 27:44; Mc. 15:32).
Sin embargo, en algún momento, mientras colgaba de la cruz, este ladrón cambió de opinión sobre quién es Jesús. Fíjate en lo que le dijo al otro criminal: «Pero el otro le contestó, y reprendiéndolo, dijo: “¿Ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena? Nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero este nada malo ha hecho”» (Lc. 23:40-41). El ladrón percibe su propia culpa y reconoce que merece morir por sus actos.
Luego hace una declaración respecto a Jesús, de quien ambos se habían burlado anteriormente, diciendo: «Pero éste nada malo ha hecho» (v. 41). Aquí confiesa con su boca que cree que Jesús es quien decía ser: el Hijo de Dios.
Finalmente, el ladrón se dirige a Jesús, que cuelga de una cruz a su lado, y le pide humildemente: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (v. 42).
¿Lo has captado? Las declaraciones del ladrón contienen todos los elementos de la salvación. Percibió su culpabilidad, supo que merecía la muerte por sus malas acciones, y luego oró a Cristo para recibir el perdón.
Y Jesús, siendo rico en misericordia, por su gran amor, le dice al ladrón en la cruz: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43).
No hay advertencias en la declaración de Jesús. El ladrón en la cruz no se salvó por nada bueno que hubiera hecho antes: fue ejecutado porque el mal que había cometido en su vida superaba con creces el bien. No podía ser bautizado porque su cuerpo estaba clavado en un madero. No tuvo tiempo de hacer buenas obras, murió poco después de su conversación con Cristo. No se unió a una iglesia ni celebró la Santa Cena. Todo lo que el ladrón hizo fue arrepentirse y creer. Eso es todo lo que el Señor requiere.
Esperanza y seguridad para lo que viene
¡Qué esperanza le dio Jesús a aquel ladrón! «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». No por nada que el ladrón hubiera hecho ni por nada que pudiera hacer, sino porque la sangre de Cristo, derramada en la cruz, pagó no solo el pecado del ladrón, sino los pecados de todo aquel que invoca el nombre del Señor para salvación.
Este ladrón, que no lo merecía en absoluto, experimentó la salvación por la gracia mediante la fe e inmediatamente su realidad pasó de la muerte agonizante a la vida eterna con Cristo. Esa es la esperanza del evangelio.
El ladrón en la cruz no solo recibió esperanza, sino también seguridad. La salvación del ladrón, como la tuya y la mía, fue asegurada personalmente por la palabra y las acciones de Jesucristo.
Jesús le dijo: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». Si hay alguien en quien podemos confiar para que sea fiel a su palabra, ese es el Señor. El ladrón no tenía que preocuparse por entrar en el paraíso con Jesús; solo tenía que confiar en que Jesús había hecho el camino.
Hoy no es diferente
Amiga, es lo mismo para ti y para mí. A través de la muerte y resurrección de Jesucristo, podemos recibir la misma gracia, esperanza y seguridad que recibió el ladrón en la cruz.
¿Te esfuerzas por ganarte el favor de Dios? Descansa en la obra consumada de Cristo en la cruz. Su gracia es suficiente. Sírvele, disfrútalo, pero recuerda que la presión no existe porque tu posición con Dios nunca se ha tratado de lo que puedes hacer por Él. Siempre se ha tratado de lo que Él ha hecho por ti.
¿Sientes que te has equivocado demasiadas veces como para recibir gracia? El ladrón en la cruz vivió una vida de pecado hasta sus últimos momentos, y Jesús no lo rechazó. No hay pecado tan grande que no pueda ser cubierto por la sangre de Cristo. La gracia de Dios no depende de lo que solías hacer o de lo que puedes hacer ahora, solo depende de Su amor inmutable. Él no te rechazará.
¿Te sientes desesperanzada? Puede que en este momento estés sintiendo el dolor insoportable de la vida, y eso es duro, pero debes saber que los sufrimientos a los que te enfrentas ahora no se pueden comparar con la gloria que se nos va a revelar cuando estemos con Cristo. Cuando no tengas otra esperanza a la que aferrarte, aférrate a la esperanza del evangelio: nunca te defraudará. Cuando sientas que no puedes seguir, descansa sabiendo que el Señor nunca te dejará ir.
¿Nunca has recibido la gracia redentora y transformadora de Dios? El corazón del Señor por los pecadores es el mismo hoy que hace más de dos mil años cuando el ladrón colgaba junto a Jesús en la cruz. Él está listo y dispuesto a darte Su gracia. Todo lo que debes hacer, como el ladrón, es admitir que has pecado, reconocer que mereces la muerte y la separación eterna de Dios a causa de tu pecado, y creer que Jesucristo, el Hijo de Dios, murió, fue sepultado y resucitó tomando el castigo por tu pecado para que puedas quedar bien ante Dios. Todo es gracia, amiga. No podemos ganarla y no la merecemos, pero el Señor te dará abundantemente este regalo si lo pides.
La próxima vez que te sientas necesitada, recuerda las palabras de Jesús al ladrón en la cruz. Deja que su significado cale profundo en tu corazón, y descansa en la gracia, la esperanza y la seguridad que encuentras en Jesús.
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