Cuatro características para una sumisión contracultura

Escrito por Keren Flórez de Loaiza

La iglesia de hoy está luchando por entender la feminidad bíblica. En las bancas de cada iglesia (incluidas las históricas y confesionales) abundan puntos de vista diferentes que opacan la claridad de los conceptos bíblicos. Pero lo cierto es que no existe una visión más alta y correcta de las mujeres que la que se muestra en la Palabra de Dios. Por eso hoy, a la luz de las Escrituras, hablaremos de una característica de la mujer bíblica: la sujeción.

Sí, hablar de sujeción es difícil y, en general, representa uno de esos temas que se deben tomar con pinzas. Para el mundo, ser una mujer sujeta a su esposo es locura y bandera del patriarcado. No obstante, el problema es que esta ideología se ha infiltrado en la Iglesia. Debido a ello, nuestra sujeción debe ser bíblica y contracultura. 

La primera carta de Pedro nos ayuda en este propósito: «Asimismo ustedes, mujeres, estén sujetas a sus maridos…» (1 Pedro 3:1). La palabra «sujetas» en el griego hace referencia a un término militar que indica «poner debajo». El llamado que Pedro hace es a que las esposas sigan y apoyen a sus esposos en todas las cosas que estén en armonía con la Palabra de Dios. Y este mandato de que las esposas se sujeten a sus esposos ocurre otras dos veces en el Nuevo Testamento (Colosenses 3:18; Efesios 5:22).

Por su parte, el contexto anterior al pasaje de 1 Pedro 3:1-6 nos muestra que los creyentes se deben sujetar a toda institución humana (1 Pedro 2:13), los siervos a sus amos (1 Pedro 2:18) y las esposas a sus maridos «por causa del Señor». Amiga, no nos sujetamos a nuestros esposos por temor o amenaza, tampoco para ganar un favor o porque sean perfectos, sino en obediencia a Cristo, quien nos permite levantarnos como mujeres verdaderas en medio de las intimidaciones y confusiones de esta época. 

Ahora, aunque el contexto directo de nuestro pasaje apunta a mujeres con esposos inconversos, debemos reconocer que las mujeres cristianas también enfrentamos dificultades para sujetarnos a esposos creyentes. A mí, por ejemplo, la sumisión no se me da de forma natural. Todos los días tengo el desafío de abrazar mi rol y de notar las oportunidades para sujetarme a mi esposo como al Señor. Insisto, no porque se me dé de forma natural, sino porque Cristo fue a la cruz por mí.

Sin embargo, cuando miro esta enseñanza con los lentes del evangelio, el llamado de Dios a la sumisión encuentra un sentido más precioso y profundo. Jesús se hizo obediente hasta la muerte (Filipenses 2:5-8) y se sujetó a la voluntad de Su Padre (Juan 6:38). Él es el ejemplo perfecto de sumisión. La única manera de correr a Su encuentro no es llegando a la mesa con mis derechos, sino poniendo mi rebelde corazón a Sus pies. Por eso el evangelio es un llamado a la sumisión, la sumisión a Cristo y a Su Palabra. Este llamado comienza entendiendo que no tengo ningún poder para salvarme a mí misma. No soy autosuficiente y necesito desesperadamente a Jesús. ¿Estás sujeta a Cristo?

Mientras tanto, el mundo condena, avergüenza, rechaza y denuncia la sumisión. El feminismo invierte todo su esfuerzo para que esta virtud piadosa sea removida del núcleo familiar. Debido a esto, la sumisión es contracultura, porque es una batalla contra el mundo y las ideologías feministas; aunque también contra nuestra carne. 

Querida amiga lectora, nuestro corazón corrupto desea usurpar el lugar que Dios le ha dado al hombre. Desde el Edén venimos luchando con ese deseo de dominar a nuestros esposos («con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti» Génesis 3:16), y la lucha continúa. Solo una vida sujeta a Cristo, podrá también sujetarse a su marido.

Ahora bien, esta sujeción no puede entenderse como un sinónimo de resignación. El puritano inglés William Gouge habló sobre cuatro gracias que han de sazonar la sumisión de la esposa a su esposo. Al decir sazonar, Gouge está diciendo que estas cuatro virtudes se desarrollan de forma gozosa y agradable. Conozcamos lo que el puritano expone sobre estas cuatro gracias.

  1. Humildad

¿Has pensado alguna vez que no deberías estar sujeta? Yo sí. Durante muchos años trabajé en un medio de comunicación feminista que infló mi orgullo y me hizo pensar que no había razón por la que debería estar sometida a un hombre. Si podía gobernarme a mí misma tan bien, podría dominar a mi marido.

El orgullo es lo opuesto a la humildad y es la causa de la desobediencia y la rebelión. Por su parte, la humildad es esa gracia que evita que uno tenga un concepto de sí mismo más elevado de lo necesario. Si en el corazón de la esposa hay humildad, hará que tenga una mejor opinión de su esposo que de sí misma, y que esté más dispuesta a estar sujeta por completo a él. De hecho, el apóstol Pablo demanda esta gracia en todos los cristianos como si fuera la especia común que condimenta todos los demás deberes (Filipenses 2:3; Efesios. 4:2).

  1. Sinceridad

La sinceridad es la gracia que te hace realmente ser por dentro lo que pareces ser por fuera. La malicia expresada mediante una mera sujeción externa es lo contrario a la sinceridad, ¿te ha pasado? ¿Te acuerdas de Mical cuando menospreció a su esposo David en su corazón? (2 Samuel 6:16).

Aunque nuestros esposos, que no son sino hombres, solo ven el rostro y la conducta externa, Cristo ve nuestro corazón y conoce nuestro carácter interior. Mi esposo solo puede ver las cosas que digo y hago delante de él, pero Cristo conoce mis pensamientos y sabe lo que hago en los lugares más secretos. Por eso, hermana, deseo que podamos decir como el rey David: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23-24). 

  1. Alegría

La alegría hace que la sumisión sea más agradable. Esta alegría se manifiesta en una realización hábil, rápida y pronta del deber. Cuando un esposo ve que su mujer realiza su deber con buena disposición y alegría, no puede sino sentir un aumento de amor por ella. 

De esa misma forma, la iglesia se sujeta a Cristo. Esto es evidente en las palabras de David: «Tu pueblo se ofrecerá voluntariamente en el día de Tu poder; en el esplendor de la santidad, desde el seno de la aurora» (Salmo 110:3). 

Contraria a esta alegría es la disposición de algunas esposas que se sujetan a sus esposos y los obedecen, pero con el rostro sombrío y agrio, o con lloriqueo y murmuración. Esta actitud aflige al esposo más de lo que lo puede agradar con aquello que hacen. Gouge ilustra esta actitud al compararla con una vaca necia que, tras haber proporcionado abundante leche, la derrama al patearla con el talón. Tal sujeción no es agradable delante de Dios.

  1. Constancia

¿Has escuchado el «hasta que la muerte los separe»? Así también debe ser la sumisión. Debe permanecer constante y fiel hasta la muerte. La constancia se encuentra en aquellas esposas que, a pesar de los tropezones, siguen mostrando buena obediencia a su marido hasta el final, recogiendo el fruto de todo. 

¿Has fallado en mostrar sumisión? Probablemente sí. Sin embargo, Cristo te anima a continuar, nos impulsa a ser constantes para todos los días sujetarnos en amor a nuestros esposos. La realidad es que necesitamos de Cristo para esta tarea. Necesitamos de Su ayuda y Su gracia para caminar diariamente y perseverar a través del tiempo, mientras marido y mujer vivimos juntos.

Recuerda entonces que mientras este mundo hace todo lo posible para despojar la sujeción de su virtud y piedad, tú debes hacer todo lo que esté a tu alcance para entenderla a la luz del testimonio bíblico. Sin embargo, si bien entender la sujeción ya es algo difícil de hacer hoy, esto no es suficiente. Debemos practicarla haciéndolo como para el Señor. Para esto Cristo nos otorga Su gracia a diario no solo para afirmarnos en Su glorioso evangelio, sino para que el obedecer en nuestro llamado del hogar pueda ser algo que hagamos con humildad, sinceridad, alegría y constancia.

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