Encontrando libertad y perdón del pecado sexual

Hace algunas semanas, mi esposo y yo tuvimos la oportunidad de enseñar en el campamento de secundaria de nuestra iglesia, lo cual fue una experiencia fructífera y santificadora. Después de semanas de preparación, oración y de dejar nuestros corazones en cada sesión, estábamos emocionados de poder enseñar juntos a estos jóvenes. El fin de semana del campamento llegó y ahí estábamos nosotros corriendo de un lado a otro para salir a tiempo. Al final, nos dirigimos hacia el lugar, sintiéndonos agotados, frustrados y un poco molestos el uno con el otro.

Mientras el largo viaje en auto avanzaba, nuestros desacuerdos y frustraciones solo empeoraban. Y aquí está la parte irónica. Estábamos agendados para enseñar nuestra primera sesión ESA noche y el tema era literalmente «Una genuina confesión y perdón». Qué maravilla.

Afortunadamente, nuestras semanas de preparación nos equiparon para ese preciso momento. Por eso, cuando llegamos a nuestro destino, ambos sabíamos que no podíamos bajarnos y entrar todavía. Necesitábamos poner en práctica lo que estábamos a punto de predicar. Así que, tragándonos nuestro orgullo, oramos juntos y le pedimos a Dios que nos diera corazones de humildad y amor por el otro. Mientras hablábamos, fuimos capaces de aplicar la confesión genuina y el perdón en ese mismo instante.

Ser cristiano no es ser perfecto. Se trata más bien de ser lo suficientemente sincero como para admitir tu pecado, buscar verdadera reconciliación y, luego, avanzar hacia el perdón Cristo-céntrico. La confesión no es algo de lo que a muchos cristianos les guste hablar porque puede parecer negativo y melancólico. No obstante, cuando es entendido desde una perspectiva bíblica, puede ser visto como algo hermoso. De hecho, la confesión genuina es un elemento crucial para vivir una verdadera vida cristiana.

Como hemos hablado en otras ocasiones acerca del diseño de Dios para la sexualidad, es posible que lleves algunas cargas profundas en tu corazón. Quizá tengas remordimientos del pasado que aún no han sido tratados; pero hermana, quiero que sepas que no hay pecado demasiado grande que la cruz de Jesús no pueda cubrir. No lleves más estas cargas tú sola. Trae tu pecado sexual a Jesús en genuino arrepentimiento y Él te perdonará. Como escribo en mi nuevo libro Sexo, pureza y los deseos del corazón de una jovencita:

«Para cada uno de nosotros, el primer paso hacia la victoria contra el pecado es reconocer que hemos pecado contra Dios y que necesitamos su perdón. 1 Juan 1:9 dice: 'Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad'. Nuestro Dios está lleno de gracia y de perdón y desea recibir y perdonar a cualquiera que le busca».

Dios nos llama a la confesión genuina porque el verdadero gozo se encuentra en Cristo a través del perdón de nuestros pecados. Como dice un autor del blog Deseando a Dios: «La confesión del pecado es, en últimas, la aplicación del evangelio».

Todos somos pecadores e inevitablemente vamos a pecar contra Dios y contra el prójimo. De ahí que, confesar nuestros pecados a Dios no solo restaura nuestra relación con Él, sino también restaura nuestra relación con quienes hemos pecado. La confesión comienza con un humilde reconocimiento de nuestro pecado ante Dios, y esto nos lleva por el camino de buscar fielmente la reconciliación y el perdón con otros.

Por otro lado, la confesión también aviva nuestra gratitud a Cristo y nos recuerda que Él murió en nuestro lugar y sufrió el castigo por nuestro pecado. El Salmo 32:1-5 nos pinta un cuadro poderoso:

«¡Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto!¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño! Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano. Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la culpa de mi pecado». 

Este pasaje deja claro que confesar y ser honesto con el pecado conduce al gozo verdadero. También, aclara que el pecado no confesado y oculto lleva al lamento e incluso al dolor físico.

Amiga, la culpa y vergüenza que sentimos con nuestro pecado sexual es la manera en que Dios nos ayuda a perseguir la confesión y la libertad. De hecho, uno de los roles que el Espíritu Santo juega en nuestras vidas es el de convencernos de pecado para guiarnos hacia el arrepentimiento y la verdad (Juan 18:8). La palabra convencer es en realidad una traducción de la palabra griega elencho que significa «convencer a alguien de la verdad». Como un autor lo expuso: «El Espíritu Santo actúa como nuestro fiscal personal al exponer el mal, reprobar el mal y al convencernos de que necesitamos un Salvador».

Ahora bien, cuando somos convencidas de pecado, necesitamos ser intencionales para responder rápidamente a las indicaciones del Espíritu Santo. Posponer o ignorar nuestro pecado podría llevarnos a tener un corazón endurecido, una conciencia cauterizada o a tener sentimientos de indiferencia hacia el pecado. Además, nos impide experimentar el verdadero gozo en Cristo.

Por más desafiante que sea una confesión, Dios nos está llamando a cada una de nosotras a ser fieles en esta área por nuestro propio bien y para su gloria. El verdadero cristianismo no es pretender que todo está bien, sino ser honesto con nuestras luchas, con nuestro pecado y confesarlo a Dios y a los otros.

Hubo un tiempo en mi etapa de adolescencia en la que estaba luchando con un pecado sexual y lujurioso, y no estaba siendo honesta al respecto. Esto continuó por muchos años y comencé a perder el gozo genuino en Cristo. No fue hasta que confesé mi pecado a Dios (y recibí ayuda de otros) que realmente experimenté libertad. ¡Puedo testificar personalmente lo que el Salmo 32 habla acerca de encontrar gozo y alegría en ser perdonado! «¡Cuán bienaventurado es aquel cuya transgresión es perdonada, cuyo pecado es cubierto! ¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño!».

Hermana, no convivas con tu pecado sexual. Al final, no vale la pena. Quiero animarte personalmente a tomar un tiempo hoy para examinar genuinamente tu corazón ante el Señor. ¿Tienes algún pecado no confesado que necesita ser tratado entre tú y Dios? ¿Has pecado contra alguien más y necesitas buscar la reconciliación? Recuerda, la confesión puede ser dura en el momento, pero encontrarás verdadero gozo en Cristo.

Aférrate a las promesas de 1 Juan 1:9 «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad». ¡Aleluya!

¡Hablemos!

  • ¿Has experimentado dolor físico alguna vez como resultado de algún pecado no confesado en tu vida?
  • ¿Qué consideras que es lo más difícil de perseguir una confesión genuina?

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